La inmaculada concepción

Foto-1-compressorNo es ningún secreto que soy capaz de llevar cualquier actividad a los extremos más insondables de la compulsión enfermiza.

Yo no puedo limitarme a comer con mesura como esa gente ejemplar que siempre se deja el último bocado en el plato. No, yo repito aunque no me quede hueco en el estómago ni para una triste flatulencia, rebaño con pan y luego miro con ojos deseosos las sobras de las niñas. No vaya a ser que mañana mismo empiece una hambruna y me pille con las reservas de triglicéridos bajo mínimos.

Se pueden imaginar entonces que en cuanto a libros se refiere me las gasto también con mucho más desvarío que cordura. Una es así, para lo bueno y, sobre todo, para lo malo.

El orden de mi biblioteca dice mucho más de mis trastornos de personalidad que cualquier análisis de mi caligrafía de alumno de primaria.

Verán, yo no ordeno los libros por orden alfabético, ni por temática, ni por época, ni siquiera por idiomas. No, yo ordeno los libros atendiendo única y exclusivamente a la teoría evolutiva de Darwin. Mi biblioteca es un escenario dramático de la más encarnizada lucha por la supervivencia del rival más fuerte.

Sólo aquellos que consigan formar parte de los cuerpos de élite alojados en las estanterías más altas conseguirán sobrevivir a las batallas campales del papel impreso contra el afán destructivo de las tigresas.

En la última balda, al alcance de las babas corrosivas de La Quinta, hacen guardia temerosos todos los ejemplares tullidos que no me han gustado lo suficiente como para sobrevivir a otra generación de lectores. Estos libros tienen los días contados, las páginas a medio arrancar y sirven el único propósito de familiarizar a La Quinta con el noble arte de pasar páginas.

Los libros de la segunda y la tercera balda están a la merced de La Tercera y La Cuarta. Lo mismo hacen bulto en una maleta de veterinario que sirven de cuaderno de garabatear en prácticas. La muerte de éstos volúmenes que no me han hecho ni fu ni fa suele ser más lenta pero raro es el que sale ileso del envite.

A partir de la cuarta balda los libros viven en relativa paz haciendo ocasionalmente de atrezo en las escuelas o las consultas pediátricas improvisadas de las mayores. El mayor peligro es que acaben olvidados en algún rincón de su leonera pero no suelen sufrir mutilaciones ni maltrato excesivo. Son libros que me gustaron sin llegarme tampoco a encantar.

La última balda es un remanso de paz, un retiro dorado reservado única y exclusivamente a los grandes libros. Esos que me han cambiado un poco la vida y cuya memoria resiste al paso del tiempo y de las modas. Son los intocables sujetos sólo a la amenaza de contrincantes más jóvenes.

Foto-2-compressorRecientemente he tenido que añadir una nueva y flamante balda a mi biblioteca. Es una balda de honor reservada a aquellos libros en los que he cambiado alguna coma. Libros que he visto crecer desde que no eran más que una idea sin pulir hasta el día en que se graduaron con sus primeras galeradas. Libros que son casi familia.

Desde hace una semana un único ejemplar se pavonea flamante en esa balda puturrú de foie. No podía ser otro que El Paciente Impaciente de nuestra querida Boticaria García.

Cuando el verano pasado me envió un borrador de las primeras páginas, antes de darle mi opinión le pregunté “¿Cómo lo quieres?”. Ella, haciendo honor a su arrojo manchego me contestó “Calentito”.

Sin más me encomendé a su cristo de las tres caídas y, con un sentido “Va por ti hermosa”, saqué el machete y me despaché sin misericordia. No porque no estuviera bien, sino porque ya voy conociendo a esta Boticaria en la que concurren tres virtudes que rara vez se ven juntas: talento, tesón y sentido práctico.

A Marián le gusta hacer las cosas bien y no le duelen prendas en sumarle a sus ya de por sí maratonianas jornadas de farmacéutica, bloguera, madre, esposa y amiga full-time, el oficio nocturno de escritora atormentada. Marián no es de cubrir el expediente, ella es la empollona repelente que siempre va a por nota.

Cuando meses después me envió el libro entero, lejos de alegrarme, me entró un canguelo supremo. Y si no me gusta ¿qué? Me preguntaba yo azorada mientras evaluaba mis posibles escapatorias ante tamaño marrón. Muchas cosas me daban miedo de este libro al que ahora acuno como al más pródigo de todos los hijos.

De que el libro iba a estar bien escrito no me cabía duda. Eso ya lo sabemos todos los que seguimos a la boticaria desde que se convirtió en la madre del Gremlin. Pero una cosa es redactar con tino y gracejo, y otra muy distinta escribir un libro.

Mi primer desvelo era que no fuera divertido. Nadie duda del humor certero y descarado con el que nos ameniza las tardes en Twitter pero 339 páginas de risas son muchas hasta para el más avezado de los monologuistas del club de la comedia.

Me preocupaba también que fuera un libro corporativo, un libro sólo apto para farmacéuticos y otros profesionales del gremio. El equivalente boticario del chiste de integrales de los ingenieros.

Por si fuera poco también me inquietaba que fuera circunstancial, un libro que sólo se explicara en el contexto actual de la blogosfera maternal y sanitaria. Un libro, independientemente del momento en el que esté escrito o de la época en la que se sitúe la narrativa, tiene que poder ser leído y comprendido en cualquier momento por casi cualquier persona.

Pero lo que de verdad me quitaba el sueño es que no fuera un libro. No todo lo que está encuadernado entre dos tapas merece este calificativo. Un blog no deja de ser un mejunje más o menos conexo de textos independientes que no tienen por qué leerse en orden o de corrido. Un libro es otra cosa, tiene que tener un ritmo, una inercia y una cohesión que lo justifiquen.

Entenderán ahora que cogiera el manuscrito con más aprensión que ganas pero, a medida que iba pasando páginas, todas y cada uno de mis miedos se fueron disipando.

Yo no soy de risa fácil, la última vez que me reí en alto con un libro fue con Irse A Madrid de Manuel Jabois en 2012. Y me reí, no una sino muchas veces. A rabiar.

Además, es un libro no sólo apto para todos los públicos independientemente de su sexo, edad o condición sino que es materialmente imposible no verse retratado en alguna tipología de paciente. Me atrevería a decir que cada uno de nosotros arrastra taras de por los menos cuatro o cinco pacientes.

Un mérito nada baladí de El Paciente Impaciente es que ha conseguido sobrevivir a la fama cibernética de su autora, cualquiera puede cogerlo en un librería sin tener ni pajolera idea de quién es la señorita esbelta de la bata y los tacones y disfrutarlo de lo lindo.

Pero por encima de todo, lo que más admiro de este libro es que ha traspasado la barrera del estereotipo y el chascarrillo fácil para traernos un retrato entrañable y divertido de una botica de barrio con sus pacientes habituales, su buena ración de pacientes surrealistas y una rebotica más animada que una caseta de feria.

Este libro fue concebido hace ya muchos meses por obra y gracia de un whatsapp y varias copas, y yo no puedo más que agradecerle a nuestra boticaria que me haya dejado echarle el aliento en el pescuezo todos este tiempo. Lo he disfrutado de lo lindo.

Y ahora, sin más, les dejo el enalce para que no se me despiten: El Paciente Impaciente

Dos gallinas y un destino

IMG_5717-compressorEl zorro se ha comido mis gallinas.

No, no es una cita de un cuento de Perrault, ni una metáfora, ni un recurso pseudoliterario para dármelas de intelectual.

No, es una terrible y cruda realidad: el zorro se ha comido a mis gallinas.

Con esta frase que nunca pensé pronunciar, verbalizo al fin la tragedia que aconteció hace escasamente una semana en casa tigre cuando el zorro o, mejor dicho, la zorra que vive detrás del establo de las ovejas, se comió a las dos gallinas lustrosas que con tanto mimo y esmero habían criado las tigresas.

Curiosamente, la que más ha aprendido con la moraleja de esta fábula en la que se ha convertido nuestra vida desde que abrazamos la vida rural, he sido yo.

IMG_5615IMG_5654-compressorNo puedo explicarles en cuantos trozos se me rompió el corazón aquel fatídico domingo cuando el padre tigre nos confirmó lo que ya nos temíamos tras encontrar La Primera el gallinero lleno de plumas y sin gallinas.

Si hay algo que no se merecían mis niñas, por muchos quebraderos de cabeza que me den, es que nadie se comiera sus gallinas. Ya me van ustedes conociendo y saben que no me caracterizo por idealizar a mi prole, nadie estaba más sorprendida que yo con el tesón y la constancia que las tigresas habían demostrado con sus gallinas.

Ni un día habían faltado a su cita puntal para darles de comer, de beber y sacarlas a pasear. Ni un mísero día se les había olvidado volverlas a guardar en el gallinero antes del atardecer para evitar precisamente que se las comiera el zorro. Ni. Un. Día. Desde Agosto, que ya es decir.

Lo que no habíamos calculado es que con tanta nieve el zorro estaba más canino que nunca y dispuesto a jugarse el pellejo asaltando el gallinero a plena luz del día.

Un drama rural para el que no pudimos buscar culpables. La vida misma enseñándole los colmillos a mis tigresas sin contemplaciones. No nos quedó más que aceptar la realidad sin edulcorar: El zorro se había comido a Charlie y a Berta. No era culpa nadie. Ni siquiera del zorro.

Y no, Charlie y Berta no iban a volver, ni se habían ido de viaje a una confortable residencia de pollos célebres, ni íbamos a salir corriendo a comprar una camada de pollitos teñidos de rosa que nos quitaran el disgusto, ni nos íbamos a cargar a la zorra que sólo está cogiendo fuerzas para poder criar en primavera.

Resulta que la vida es así hijas de mis amores, así de imprevisible y así de cruda. Hay veces que por mucho que quieras y cuides a alguien, por mucho que hagas todo lo que tienes que hacer y cumplas religiosamente con todos y cada uno de tus deberes y obligaciones, por muchos planes que hagas y deseos que tengas, hay veces que la vida viene así. Porque sí.

Pero tan cierto como que la vida es así, también es cierto que, por muy trágico que haya sido el final de tus gallinas, hay una cosa que ni el zorro ni la vida te pueden quitar, lo vivido.

No ha habido gallinas más celebradas que Charlie y Berta. Y no hay mejor consuelo que saberlo.

Como cuando Charlie nos confirmó que en efecto era un gallo y no una gallina con un amago de cacareo que me hizo entender por fin porqué a lo de los adolescentes con espinillas se le llama gallito y el porqué de la existencia del oficio de sexador de pollos.

Con mucha práctica aquel plañir quejicoso se convirtió por fin en un cacareo en toda y regla y con él Charlie creció en estatura y pose, y se afianzó como el gallo de nuestro escueto corral. Aunque todavía no atinaba con el timing de su reloj biológico y cacareaba siempre a deshoras en las situaciones más insólitas.

Pero lo mejor de Charlie, lo que echo de menos cada día desde que ya no está, es que todas las mañanas sin falta, cuando las niñas salían de casa para ir al colegio, las despedía a pleno pulmón. Charlie era un gallo de categoría y todo un caballero.

Entre tanto, mientras Charlie se pasaba el día pavoneándose y atusándose la cresta, Berta se nos puso hermosísima y lucía un trasero de plumas esponjosas que ya quisieran muchas mesas camillas.

En su tierna adolescencia, como cualquier teenager que se precie, estuvieron a punto de hacernos morir de estrés. El día que no se lanzaban a la carretera entre los camiones, se perdían por el bosque, o se iban de juerga al gallinero de los vecinos. Gracias al cielo la madurez les hizo perder el gusto por las actividades de riesgo y todos pudimos volver a respirar tranquilos.

IMG_5636-compressorCharlie y Berta eran una pareja a la antigua usanza, siempre juntos, cada uno a lo suyo sin perderse nunca de vista por el rabillo del ojo. Les gustaba pasear por el jardín, cotillear en todas las puertas y supervisar los ires y venires del jardín.

Allá por noviembre Charlie y Berta consumaron su matrimonio, lo que fue causa de mucho alborozo entre las niñas que tuvieron a bien narrarme con pelos y señales como nuestras otrora inocentes gallinas se habían revolcado debajo de un pino.

Empezó entonces una época de aquí te pillo aquí te mato en la que Charlie se dedicaba a profanar mis cafés bucólicos mirando al infinito montando a Berta sin ningún tipo de pudor ni decoro.

Empezamos a ver entonces que pronto habría que buscarle más concubinas a Charlie a riesgo de que nos dejara exhausta a la pobre Berta que todavía parecía disfrutar de aquellos encontronazos carnales.

Avanzaba el invierno y Berta, cada día más oronda y lozana, decidió por fin poner su primer huevo. Y no puso uno, no, puso cuatro. Nuestra Berta era así, no les gustaban las medias tintas. Aquella fue la tortilla más gloriosa de la historia en casa tigre y me vi en la obligación de sacar al padre tigre de una reunión para contárselo.

Por desgracia, el destino quiso que Berta sólo llegara a poner diez huevos, morenitos todos ellos. El último se lo comió el padre tigre hace dos días con un regusto a homenaje póstumo.

En primavera volveremos a tener gallinas. Las niñas ya están afanadas con los planes de reforma del gallinero para mejorar la seguridad y comodidad de nuestras futuras gallinas. Lo cierto es que no puedo esperar a volver a tener el jardín lleno de gallinas contestonas.

Charlie y Berta, os echamos de menos, D.E.P.

 

El principio del fin

Foto-nieve-compressorMe estoy haciendo vieja. Lo digo sin pena ni acritud, pero es un hecho que no puedo más que constatar, voy hacia la senectud con paso firme y más celeridad de la que me gustaría reconocer.

En mi empeño por alcanzar la senilidad completa cuanto antes he decidido adelantarme a la crisis de los cuarenta. ¿Quién necesita cambiar de década para sumirse en la más profunda de las catarsis existenciales? Yo desde luego no.

En realidad lo hago por el padre tigre, con tanto lío se le olvidó pasar la suya y he decido pasar yo la de los dos para ir tachando tareas de nuestro to-do list vital.

  • Más hijas de las que podemos gestionar, tic.
  • Crisis de los cuarenta, tic-tic.

Ahora lo entiendo todo, lo de los deportivos encarnados y los descapotables vergonzantes, lo del botox y las inyecciones de colágeno. Lo que me extraña es que no haya más calvos paseándose por las calles con sus bisoñés de estreno. Esto de la midlife crisis no es moco de pavo, créanme.

A mí lo de las arrugas me da igual, como buena hipocondríaca de pro, para mí las patas de gallo no son sino testimonios de un triunfo, el de seguir viviendo pese a todos los males -reales y ficticios- que me acechan. ¡Chúpate esa melanoma maligno!

No es la decrepitud física la que me preocupa por mucho que la flacidez campe a sus anchas por mis curvas desvencijadas. No, el vértigo viene cuando te asomas al abismo del resto de tu vida y ves que te queda menos por hacer de lo que has hecho ya.

Uno se pasa la juventudbenditotesoro construyendo, planeando y, sobre todo, mirando hacia adelante. Hasta que un día te colocan el cuatro y el cero en el frosting de la tarta y caes en la cuenta de que el futuro era esto. Hoy, no mañana, hoy. Y, si me apuras, ayer.

De ahí a la inevitable pregunta hay sólo un leve tremor: y ahora… ¿qué?

La realidad es que ahora empieza lo bueno, lo de verdad, pero no es tan fácil entrenar a nuestros sentidos atolondrados para poder apreciarlo. Después de una vida corriendo sin mirar atrás ahora toca sentarse, respirar muy hondo y abrir mucho los ojos. Esto que ves pasar a toda velocidad es tu vida en su máximo esplendor. Aquí. Y ahora.

Uno puede intentar mantener la inercia, comprarse un deportivo, y lanzarse a las calles a vivir una juventud de imitación, como quien se compra un Louis Vuitton en los chinos. También puedes rebelarte contra lo inevitable y aferrarte a la minifalda como si fueras la reencarnación de la mismísima Obregón, o convencerte de que la lozanía es directamente proporcional al tamaño de tus pechos de estreno.

Se puede, claro que se puede, como el atleta que al llegar a la meta pasa de largo. Supongo que tiene algo de heroico, pero yo que soy de corte vago tirando a complaciente, he decidido darme un par de palmaditas en la espalda y acomodarme en mi butacón para verlas pasar.

Y se está divinamente, oigan, esto de la madurez es un alivio. Saber quien eres y limitarte a serlo. Que no es poco.

 

Me van a disculpar por estrenar el 2015 así, a lo loco, pero nunca he sabido de que iba a escribir hasta que lo había escrito y hay que cuidar las buenas costumbres. Aprovecho también para disculparme por la variedad de signos de puntuación que les he infligido hoy, cuando uno está en crisis hasta las comas vienen al rescate.

 

Antoñita la fantástica

2 La Tercera dominará el mundo.

Mejor dicho, La Tercera podría dominar el mundo si le llegara a apetecer. Pero lo dudo, tengan en cuenta que estamos hablando de un personaje al que le da pereza masticar.

No es que no le guste comer, es que le da una pereza infinita lo de pinchar, llevar el tenedor a la boca y luego encima tener que deglutir. Ella necesitaría un mancebo que le diera los bocaditos masticados.

Contar hasta diez también le parece un esfuerzo ímprobo. Alrededor del cuatro empieza a perder fuelle y suele atajar con un decisivo cuatronuevediez.

Para lo que no escatima esfuerzos es para la mentira creativa. Ella no es de ocultación de la verdad como La Primera, La Tercera es barroca no sólo en sus estilismos de lazos y tules sino también en la elaboración de sus trolas. Toda floritura le parece poca para adornar las enrevesadas historias con las que nos deleita.

34He de reconocer que, lejos de reprenderla por las bolas que nos cuela, las disfruto e incluso las fomento. Y más en estos días prenavideños en los que un poco –o un mucho- de fantasía nunca está de más.

Siguiendo con nuestro apretado calendario de adviento, el sábado pasado celebramos Nikolaus. Esta es una tradición a la que no acabo de cogerle el tino. Primero porque cada año lo hemos celebrado de una forma distinta según donde nos pillara, y segundo porque los colegios y guarderías suelen celebrarlo también lo que complica considerablemente la pantomima.

No les digo ya si encima se les ocurre enviar a un iluminado como el que ha ido al colegio de las mayores este año. Lejos de limitarse al Feliz navidad y próspero año nuevo de rigor, se arrancó con un discurso navideño-político quejándose amargamente de que algunos niños le confundieran con Santa Claus. Iracundo afirmó que él era el auténtico y el otro una mera invención comercial. Todavía no he salido mi asombro.

A lo que íbamos, como el padre tigre estaba disfrutando de otras vacaciones pagadas en alguna capital Europea, decidí que este año Nikolaus vendría por la noche y que las niñas se encontrarían los regalos en la mesa de desayuno. Sin más dispuse todo y me acosté.

1A eso de las seis y media de la mañana La Tercera tuvo el detalle de despertarme para contarme que se había levantado muy pronto y había visto a Nikolaus. “¿En serio?” dije yo muy convencida “ve a contárselo a tus hermanas que les va a encantar.”

Al oír la buena nueva las mayores que son unas pánfilas y se lo tragan todo, salieron escopetadas a buscar dónde podía haber escondido los regalos Nikolaus. Tras buscar por rincones inverosímiles, por fin se dieron de bruces con la mesa y los regalos, lo que no hizo sino confirmar la historia de La Tercera.

A medida que avanzaba el día y el rumor de que La Tercera había visto a Nikolaus se iba propagando como la pólvora entre los niños del barrio, La Tercera se fue creciendo en su papel. Lo que empezó como he visto a Nikolaus por la ventana se transformó en un y le he dicho adiós. Luego no sólo le había dicho adiós sino que también le había dado las gracias por los regalos. Después fue enriqueciendo la historia con detalladas descripciones del atuendo de Nikolaus, el saco que llevaba y la longitud de su barba que iba creciendo a la par que la nariz de trolera mi hija.

Finalmente, al caer la tarde, la sorprendí contando la última y mejorada historia. Diez niños escuchaban boquiabiertos mientras mi hija, con un ligerísimo rubor en las mejillas, les endiñaba sin pudor la enésima versión de su encuentro con el único y verdadero Nikolaus al que ella personalmente había ayudado a poner la mesa explicándole dónde se sentaba cada una para que no se equivocara con las tallas de las zapatillas.

Huelga decir que La Tercera es ya una leyenda urbana cuyo mito nada tiene que envidiar al de Pedro y el célebre lobo. Sé que me va a dar muchos dolores de cabeza. Lo sé, pero no lo puedo evitar, la encuentro simplemente genial.

El fantasma de la navidad pasada

Calendario de adviento 2Ineludiblemente, cada vez que Noviembre toca a su fin, empiezan a desfilar por mi cabeza las imágenes en tecnicolor de la navidad pasada.

Como si de un reo en el corredor de la muerte se tratara, veo pasar ante mis ojos los errores y penitencias de todas las aberraciones navideñas que he cometido desde que pesa sobre mi conciencia el fervor festivo de mi prole.

Cuando se aproximan estas fechas tan señaladas, lejos de afanarme en dilucidar si este año se llevarán los adornos shabby-chic o si verdaderamente han vuelto no sólo las hombreras sino también el espumillón, me dedico a trazar un plan maestro para solventar las fiestas con el menor número posible de víctimas.

Para más inri, como somos todos ciudadanos del mundo, es ver una tradición trendy y adoptarla sin pensar dos veces. Ahora la navidad, en lugar de empezar con El Gordo, empieza cuatro semanas antes con el adviento.Calendario de adviento 6Calendario de adviento 1

Como soy de naturaleza dadivosa he decidido poner a su disposición mi decálogo para vivir la navidad con niños en relativa paz y precaria armonía. Ya me lo agradecerán en las rebajas.

Antes de nada, es fundamental prevenir. Desde el verano hay que eliminar el consumo indiscriminado de televisión. Los anuncios los carga el diablo, no hay mejor estrategia para mantener a raya la carta a los reyes que no exponer a tus hijos a la publicidad mediática.

No está de más tampoco sobornar al cartero para que se deje en la saca los catálogos de grandes superficies y otros creadores de necesidades y decepciones en potencia.

Yo penaría con cárcel esos anuncios en los que salen los juguetes con extras no incluidos en la caja y que, además de costar un riñón, dan un bajón del copón cuando los montas en tu casa sin todo el atrezo del anuncio.

Calendario de adviento 4Calendario de adviento 3Siguiendo con nuestra estrategia prenavideña hay que crear sensación de escasez. A cada sugerencia para la carta contestar con un “Uy, eso un regalo de categoría, ¿estás seguro Pepito de que te has portado TAN bien este año? No sé, a ver qué dicen los reyes, pero me parece a mí o que empiezas a recoger mejor tu cuarto o lo tienes crudo hermoso”.

Con esta técnica rastrera pero harto eficiente conseguiremos no sólo que no se sigan añadiendo líneas a la lista sin mesura sino que el comportamiento de nuestros retoños mejore ostensiblemente.

A día de hoy la carta de las tigresas reza como sigue:

  • La Primera y La Segunda han pedido como regalo gordo esquís y botas de esquiar, les he convencido además de que los bastones son un regalo a parte.
  • Como colofón, La Primera quiere un pijama para su bebé de juguete y La Segunda un búho.
  • Siguiendo con su afán por montar un zoo La Tercera ha pedido unos tacones y un delfín, y La Cuarta un murciélago y una linterna.
  • La Quinta dice que con estrenar algo se conforma.
  • Los reyes se reservan el derecho de traerles alguna sorpresa añadida.

Mucho ojo con los calendarios de adviento, son un arma de doble filo. Por un lado, son el chantaje perfecto para que los niños se coman el brócoli sin chistar pero corremos el riesgo de que se pasen un mes con un subidón de azúcar que no lo aplacan ni las fuerzas de seguridad del Estado. Yo he optado por los vales, me dieron un resultado fantástico el año pasado. Los cupones tigre van desde acostarse a la hora que quieran hasta una tarde de cine casero con palomitas, pasando por jugar una tarde conmigo a lo que ellas elijan o desayunar tortitas con nata.

Calendario de adviento 5Volviendo a los regalos, en familias con hermanos, en especial si éstos son seguidos, aplico una ley de homogenización preventiva. Procuro regalarles más o menos lo mismo para evitar los momentos de envidia suprema tras la ceremonia de apertura.

La Primera por ejemplo, no ha pedido animal, pero como estoy segura de que el juego estrella de las navidades van a ser los peluches le va a caer una ardilla. De la misma manera todo lo que no que sea claramente individual es regalo de grupo.

Una cosa que me da una rabia terrible es adelantarme con los regalos. Regalar patines antes de que tengan edad de patinar es una forma muy tonta de quemar cartuchos navideños.

Otra cosa que me repatea es matar la ilusión por exceso. Lo tengo comprobado, a partir del tercer regalo pierden la concentración. Como lo que sí que hace mucha ilusión es ver muchos paquetes en casa tigre completamos con libros y artículos de primera necesidad como pijamas, gorros y bufandas.

Pero no se crean que todo es tan espartano en casa tigre. Todo lo grinch que puedo llegar a ser con los regalos lo compenso con un barroquismo extremo en tradiciones. Para muestra un botón.

Mañana inauguraremos las olimpiadas de invierno haciendo galletas de adviento con las recetas centenarias de la suegra tigre.

Let the games begin!

The odds are against you.