Nunca es tarde

Foto 1Hace unos treinta y siete años andaba yo atareadísima naciendo. No es cosa fácil esta de venir al mundo, pero todo parece indicar que por estas fechas aproximadamente conseguí asomar la cocorota sin mayor contratiempo.

Los primeros días no fueron fáciles, no les voy a engañar. Hay veces que uno nace pero no se hace y no queda otra más que tomar cartas en el asunto. Después de mucho deliberar y alguna que otra lágrima decidimos separar nuestros caminos. Nos despedimos sin reproches y con la firme promesa no mirar atrás.

Visto el giro inesperado que acababa de tomar mi corta vida decidí personarme en el instituto de puericultura para descansar unos días antes de seguir mi camino. Allí una gente muy amable me dio cobijo durante unas semanas. Me pesaron, me midieron y me facilitaron una identidad temporal como agente de tapadillo que era.

Con el buche lleno y el culete limpio por fin encontré la paz necesaria para evaluar mi situación detenidamente. Después de tanto trasiego decidí que puestos a buscarse un hogar por qué conformarme con uno de tres al cuarto. Al fin y al cabo era un bebé resultón y, con unos gorgoritos coquetones, podía asegurarme una familia pata negra.

Sin más empezaron a lloverme los currículos. Unos eran demasiado altos, otros demasiado bajos. A algunos les sobraban hijos y la verdad, después de tanta vicisitud, no tenía yo el cuerpo para pelearme con nadie por los sonajeros.

Y de pronto, entre tanto papelajo, los vi. Y lo supe.

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En seguida llamé a mi secretaria para concertar una entrevista no se me fuera a colar algún compañero espabilado del nido.

A los pocos días, con mi mes recién cumplido, nos presentaron. Más que amor a primera vista fue como el reencuentro de unos viejos conocidos. Éramos familia, siempre lo habíamos sido, sólo que la cigüeña se había despistado un poco.

Fue verme en brazos de mis padres, envuelta en una toquilla calentita, adorada como si fuera la reencarnación del mismísimo Budha y saber que de allí no me sacaban ni los GEOS.

Siempre he pensado que el cumpleaños más importante es ese, el aniversario del día que llegué casa. Un día que siempre hemos celebrado los tres solos, sin tartas ni grandes aspavientos, disfrutando del privilegio de habernos encontrado.

Pero también le tengo cariño a este día incierto en el que nací. Cada 18 de Noviembre recuerdo que nunca es tarde para volver a empezar.

Foto-4-compressorY hoy es el día perfecto para apoyar la campaña Stand up for African Mothers con la que se pretende formar a 15.000 matronas africanas para que puedan asistir partos en las zonas más desfavorecidas y reducir así la terrible tasa de mortalidad tanto de madres como de niños.

Nocturnidad y alevosía

Agotamiento nocturnoNo hay síndrome más extendido entre la población femenina –salvo el premenstrual quizá- que el síndrome comúnmente conocido como estar agotada sin haber hecho nada.

Curiosamente ambas dolencias, pese a afectar a más de la mitad de la población mundial como mínimo una vez cada ciclo lunar, tienen ese halo esotérico que se asocia ineludiblemente a tener más cara que espalda.

El número de moradas en las que se repite la misma escena noche tras noche debe rozar los millares de millardos.

Me van a permitir un pequeño estereotipo, pónganse en situación: El marido llega a casa después de llevar sobre sus hombros el peso del mismísimo G-8 durante una espeluznante jornada laboral de ocho horas con sus cafés, sus pausas, sus partiditas de squash y sospecho que un número inordinado de visitas a la página de Marca.

Nada más entrar por la puerta se afloja la corbata como gesto inequívoco de ya no estoy para nadie y, mientras se calza las pertinentes pantuflas, le pregunta a su mujer qué tal le ha ido el día.

La aludida, que probablemente esté friendo las empanadillas sin haber soltado el bolso mientras repasa los deberes del mayor, le quita los mocos al mediano y le embute el puré de verduras al pequeño, contesta siempre con una amalgama de uffs, agotada, muerta y matá.

A continuación se oye el descorchar de una cerveza, el ruido de fondo del partido de la champions y al supuesto padre de las criaturas que interpela “¿pero qué has hecho hoy para estar tan cansada?”

Da igual si la susodicha es ministra de industria, fisioterapeuta, ama de casa o community manager, nueve de cada diez mujeres se quedarán pensativas unos segundos para al final contestar derrotadas “En realidad… no sé… nada…” mientras tratan por todos los medios de recordar qué tarea titánica les ha succionado toda la energía vital como si de una de esas bolsas odiosas de envasar ropa al vacío se tratara.

Si esto le pasa a Condoleezza Rice -que estoy segura de que le pasa- no les digo ya a mí que dedico dieciocho de mis veinticuatro horas a tareas de tanta trascendencia internacional como barrer, abullonar los sillones o repartir dosis de equivocadas de Dalsy cuando en realidad les debería estar dando Apiretal.

Cuando padecía de la enfermedad de la mujer con superpoderes me llevaban los demonios con este tema. Tenía una sensación constante de no llegar a nada que me dejaba un regusto amargo a fracaso.

Hasta que descubrí que gran parte de la culpa la tenía mi to-do list, ese invento del demonio que tiende a crecer muy por encima de nuestras posibilidades de homínidos con un número limitado de manos.

Verán, por aquel entonces yo, madre de no sé cuántas criaturas, emprendedora con S.L. en el registro mercantil y ama de unos ciento cincuenta metros cuadrados de casa selvática, me dejaba llevar por la inconsciencia propia de nuestra raza pensando que podía con todo.

Todo y más para ser exactos. Mis listas de tareas bullían con bullet points como por ejemplo:

  • Conseguir una ayuda europea a fondo perdido de quinientos mil euros
  • Enseñarles chino mandarín a las niñas
  • Pesar cincuenta y un kilos
  • Marinar el salmón con salsa teriyakee para la cena (a día de hoy desconozco todavía si esto es en efecto posible)
  • Hacer la trimestral del IVA, la de IRPF, renovar el certificado digital y sacarme el curso de protección de riesgos laborales
  • Frenar el calentamiento global

Eso un día flojo.

Día tras día, mi lista de tareas salía invicta y yo yacía frustrada en el lecho conyugal preguntándome cómo demonios lo hacían las demás para además hacer cupcakes con forma de unicornio entre conciertos de contrabajo y simposios de tecnología móvil.

Hasta que vagando por internet por no cortarme las venas di con una idea que me sacó de este atolladero de insatisfacción vital.

Los yankees que para poner nombres rimbombantes se las pintan solos, le llaman victory log y viene a sustituir a las infames to-do list que tantos estragos han causado en la psique femenina.

Ahora en lugar de apuntar lo que tengo que hacer voy apuntando mis logros diarios por ínfimos que éstos sean. El secreto está en no despreciar ninguna victoria por pequeña que parezca. Cualquier cosa que consigamos hacer es susceptible de ser apuntada en nuestro victory log.

Pongamos por ejemplo que he puesto la lavadora, lo apunto.

Hiervo el brócoli, lo apunto.

Hago las siete camas, lo apunto.

Me depilo, lo apunto y adjunto varios signos de exclamación.

Si me doy crema hidratante en más de un cincuenta por ciento del cuerpo lo pongo en mayúsculas.

Si llamo a mi suegra cuenta doble.

Y así hasta desplomarme rendida sobre el sofá cada noche.

La diferencia es que ahora afronto el careo marital armada hasta los dientes con un arsenal de victorias domésticas y la sensación triunfal de haber subido el Himalaya.

Pasito a pasito, ración de verduras a ración de frutas, voy componiendo mi día, pequeña victoria tras pequeña victoria y me doy cuenta de que, en realidad, debería estar más cansada.

No me dirán que esta foto de archivo que me he sacado de la manga no refleja a la perfección la jeta modorra nocturna.

La vida en el campo, no es paja todo lo que reluce

Foto 4He de reconocer que cuando me enamoré de esta granja que ahora llamamos casa, lo hice como quien pone un pin en Pinterest.  Ves algo que te gusta, que te inspira incluso, y te lanzas con los likes, los favs o como quiera que se llamen en la red social de turno.

Poco importa si el artículo en cuestión es  caro o barato, útil o inútil, o si encaja aunque sea remotamente con el resto de nuestra vida. Es bonito, ideal si me apuras, y eso es  lo que cuenta, lo único que cuenta en este mundo en que uno se puede ganar la vida como food stylist o curator. Éste último es mi preferido. No me digan que no debe ser lo más pasarse la vida desbrozando lo bonito de entre la maleza de lo feo.

Lo mío con la granja fue un amor a lo instagram, con sus filtros velados y sus retoques cibernéticos. Vi el columpio colgando del castaño milenario y el resto es historia. Quería ese columpio en mi feed y esos suelos de madera eterna en mi muro de facebook. Y punto.Lifestyle granja antiguaAl padre tigre, que a su vez habita en su mundo paralelo de rudo cazador, le hicieron los ojos chiribitas con el horno de leña y la barbacoa centenaria. Las tigresas por su parte yacían rendidas a los pies de las tres ovejas enanas que cualquier día de estos van a morir de estrés con tanta atención infantil como reciben desde que nos mudamos.

Los tigre somos así, impulsivos tirando a compulsivos, y descerebrados a más no poder. Obnubilados todavía por la lozanía de las vacas del vecindario recogimos los bártulos y nos mudamos. A palo seco, como quién hace un retuit.

No nos paramos a contar los kilómetros que nos separaban de la civilización ni a valorar si los señores de Vodafone servían cobertura por estas latitudes. Tampoco se nos pasó por la cabeza preguntar si por aquí gastaban internet, ni mucho menos teléfono fijo, como tampoco contábamos con la población autóctona de fauna y flora que prolifera tanto dentro como fuera de estos muros que ahora nos cobijan.vivir en el campo con niñosNosotros, que vivíamos en ese verdor ilusorio que es el extrarradio, no sabíamos que el campo, el de verdad, es otra cosa. Poco imaginábamos que las arañas y los mosquitos doblan su tamaño según te alejas de la ciudad, ni que los chinches, las pulgas, o lo que quiera que sean estos malditos que me mordisquean los tobillos mientras tecleo, existían más allá de las novelas de Dickens.

Por no mentar la cruda realidad de que los magníficos huevos de las gallinas pintorescas que pululan por el jardín vienen acompañados de un pestazo a gallináceo que riéte tú del abono que echamos en los jardines domables de las afueras cosmopolitas.

Más desconcertante todavía que la eclosión de una especie asquerosa de caracol de proporciones bíblicas sin caparazón es la multiplicación de los niños. Lo mismo te desaparecen cuatro que te aparecen seis. Es totalmente imposible calcular con cuantos vas a cenar. Por lo visto, en el campo los niños son de todos y de nadie en particular.

No hay verjas ni timbres, no existe tu casa y mi casa, sólo un dónde jugamos hoy y a ver en que cocina hay menos verde para cenar. Por aquí bajas las escaleras con tu bata de guatiné y no no sabes a ciencia cierta a quién te va a tocar embutirle el colacao ni si se presentará alguno a la cita obligada con el brócoli.

Pero lo cierto es que por las noches, cuando las acuesto agotadas de tanto correr como salvajes, con los pies negros y la sonrisa sucia de haber conseguido algún chocolate de extraperlo, me siento rendida a recuperar la cordura en  el único rincón donde puedo gorronear wifi del  vecino, y pienso que, pese a sus pises de gato y sus ponys asesinos,  como en casa no se está en ninguna parte.

Slow life, o como aburrirse como un hipster

Cambiar ritmo de vida slow lifeYa saben ustedes que los tigre somos muy de adoptar las tendencias como mínimo con un par de temporadas de retraso.

Eso sí, cuando por fin nos da por subirnos al carro de las modas pasadas, ya sean las camisas con hombreras, los pantalones tobilleros o los bigotes de diseño, siempre lo hacemos con furor, entregándonos en cuerpo y alma al estampado marinero, o cualquier otro print de temporada que haya captado nuestra atención esquiva.

En lo vital no íbamos a ser menos. Qué mejor momento que ahora, quince años después de su consagración como moda mundial, para unirnos a este movimiento tan trendy de la slow life. Los tigre somos así, siempre a la última.

Como viene siendo costumbre, la slow life se ha colado en nuestras vidas por la puerta de atrás, cuando menos la esperábamos, pegándonos un susto de padre y muy señor nuestro.

Verán, lo que nosotros andábamos buscando era una hipoteca. De las de toda la vida, de esas que vienen con cuarto y mitad de ladrillos y una plaza de garaje para el monovolumen. Íbamos derechitos y obedientes al olimpo de la vivienda unifamiliar moderna con nuestro suelo radiante, nuestra cocina americana y nuestro baño con alcachofa grande.

Al señor del banco lo teníamos embelesado a base de enseñarle los papeles muy rápido para que no le diera tiempo a hacer demasiados cálculos. El notario nos esperaba puntual con su pluma y su tintero, todo estaba preparado, calculado, sopesado y analizado para pasar a formar parte de las fuerzas del bien con el resto de ciudadanos precavidos y cabales de la urbe.

Todo estaba en orden. Todo, menos nosotros, que de cabales y precavidos tenemos más bien poco. Algo no encajaba en el puzle inmobiliario que nos habíamos montado.

Con las mismas rompimos los planos que con tanto esmero habíamos diseñado con nuestra escuadra y nuestro cartabón, arañando metros cuadrados de sisal con encono, y pusimos pies en polvorosa dejando en la cuneta al señor del banco, al notario y al constructor. No hay dolor, nos dijimos. Esto no es lo nuestro.

No nos faltaba razón, el universo de las casas eficientes con bombas de agua caliente y sistemas de recuperación de calor no estaba cortado a nuestra medida. Los tigre somos más de horno de leña, ventanas que no cierran y paredes inclinadas. A nosotros lo que nos va es mudarnos sin pensar, a golpe de puro enamoramiento, sin certificados energéticos ni ventanas de doble perfil.

Qué le vamos a hacer, somos así, hemos caído rendidos a los pies de una fachada protegida con trescientos años de historias que contar.

Poco importa que esté donde cristo perdió la alpargata, que vayamos a tener que empeñar el fondo de pensiones para calentarla con leña en invierno o que no haya forma humana de calzar un armario en esos suelos de madera de la época de mari castaña que no han conocido la línea recta.

El amor es así, un día eres un animal de suburbios y al día siguiente te encuentras viviendo en una granja perdida en algún lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, bebiendo los vientos por sus vigas, sus maderas y sus achaques arquitectónicos.

Para los que sigan mosca intentando dilucidar qué tigresa es la de la foto, no se hagan cruces, soy yo, la misma que viste y calza.

Es una diapositiva rescatada de hace tropecientos años que ilustra a la perfección mi cara mientras me pregunto “Espejito, espejito ¿cómo será esto de la slow life, la vida rural y el lento devenir de los días y las estaciones en el campo?”

Pero no adelantemos acontecimientos, la slow life tendrá que esperar. De momento nos mudamos el lunes que viene y el jueves nos lanzamos a la carretera. Dos mil quinientos kilómetros en furgoneta con las cinco niñas, para tostarnos al sol malagueño durante un mes.

Si no me dejo caer por aquí antes, no sufran por mí, nos vemos en Septiembre.

Entre tanto me voy a ir empollando esta cita tan ad-hoc que me han soplado mis amigos los del instituto mundial de la slow life:

Most men pursue pleasure with such breathless haste that they hurry past it.

Soren Kierkegaard

Sunday Bloody Sunday

Si hay una actividad que me gusta sobre casi todas las cosas, esa es aburrirme. Pero no de cualquier manera, a mí me gusta aburrirme bien, a conciencia, con el batín de guatiné y las pantuflas de pana.

Niña en el columpioNiña en el columpioNiñas en el areneroHace años, cuando el padre tigre y yo nos iniciamos en esta convivencia que se alarga ya más de una década, recuerdo que a veces, un domingo cualquiera, solía preguntarme qué me apetecía hacer. A continuación enumeraba muy solícito toda la ristra de planes apasionantes que se le pasaban por ese cerebro de alemán hacendoso. Seguir leyendo “Sunday Bloody Sunday”