Pasar página

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Con la verborrea que me he gastado siempre desde que un día hace tres años, durante una junta de accionistas que presidía yo misma -corramos un tupido velo-, creé este, mi querido y maltrecho blog, justo hoy se me atascan las palabras.

Resulta que empezar un blog es infinitamente más fácil que cerrarlo.

Me gustaría haberme despedido con las palabras perfectas, esas que harían justicia a la cantidad de gente estupenda que ha tenido el detalle de acompañarme durante estos tres años de enajenación más permanente que transitoria.

Pero, por alguna razón, la única palabra que me viente a la mente es gracias. Por todo.

Por dejaros caer por aquí, por vuestros comentarios, por vuestra paciencia y  por vuestro tesón lector con esta bloguera errática y desquiciada.

Han sido tres años intensos, instructivos (quién podría seguir viviendo sin saber lo que es un hashtag) y, sobre todo, divertidos. Lo que nos hemos reído hermosos.

Pero ha llegado la hora de pasar página antes de que las tigresas empiecen a entenderse con google y me demanden por daños y perjuicios.

Lo dicho, gracias a todos y cada uno de vosotros. Por todo. Y adiós. ¡Ay!

Siempre suya,

La Madre Tigre

Siempre nos quedará Instagram. O Twitter. O lo que sea.

 

 

 

Se nos acabó el amor de tanto usarlo

Foto 1Querido verano alemán: Hemos terminado.

No eres tú, soy yo.

Fue bonito mientras duró, no voy a negarlo. Tuvimos nuestros momentos buenos, gloriosos incluso, pero se acabó, marcho a dejarme querer por otro mucho más calentorro que tú.

No son tus noches frescas, ni tus chaparrones sin avisar, ni siquiera el infierno que supone ir siempre demasiado abrigado o demasiado poco. No te culpo tampoco de los velones tremendos que lucen las niñas porque su madre se ha resistido a adoptar los calcetines con sandalias y los vestidos de tirantes con camiseta interior de manga larga y leggins floreados.

Te perdono hasta las barbacoas pasadas por agua y los tropecientos baños fallidos. Es más, te agradezco de corazón que me evites la terrible tarea de tener que untar a mi prole de cemento protector de los pies a la cabeza cada dos horas. Hasta mis pies sufren un acusado síndrome de Estocolmo y aseguran que nunca podrán superar la vergüenza de dejarse ver en público después de once meses sin oler una triste sandalia.

Foto 2Foto 3Pero no, hasta aquí hemos llegado querido. No intentes reconquistarme con tus lagos entre verdes praderas y los mugidos de esas vacas lustrosas a las que les he cogido tanto cariño. No insistas, no voy a dejarme embaucar por tus biergartens y tus refugios de montaña.

Esto es el fin, te lo digo con el corazón encogido y la vista en un horizonte lejano, muy lejano, a dos mil quinientos kilómetros en furgoneta ni más ni menos.

Una tiene sus necesidades y tú me has querido poco, mal y tarde. No soy mujer de medias tintas y meteorología cambiante. A mí el verano, como el amor, me gusta tórrido, bochornoso y a la vez perezoso y remolón. Me gusta la novedad pero sólo bien disimulada entre cantidades ingentes de rutinas milenarias de bares conocidos y amigos de toda la vida.

Me gusta no saber en qué día vivo con la certeza de que hoy, como siempre, habrá un sol de justicia. Me gusta volver de las vacaciones con la chaqueta sin desdoblar y el pareo hecho unos zorros. Y no, no necesito hacer más deporte que el paseo hasta mi tumbona, ni más placeres que el de ver pasar las horas entre tinto de verano y tinto de verano.
Foto 4No insistas, eres demasiado esquivo y altanero y, sobre todo, demasiado breve y traicionero.

Me voy, no llores por mí. Quién sabe, quizá volvamos a encontrarnos algún día.

Entretanto, cuídame bien las hortensias que ya sabes que yo con las plantas no me entiendo.

Siempre tuya,

La Madre Tigre

A todas esas almas cándidas que todavía se dejan caer por aquí de vez en cuando para ver si por fin me he dignado a publicar, os prometo volver con fuerzas renovadas y muchos posts en el tintero. Nos vemos en Septiembre hermosos.

Caminante, son tus huellas

CaminanteSupongo que la primera pregunta es por qué, de entre todas las personas de este mundo, te escribo precisamente a ti. Todo puede resumirse más o menos así: si no te lo digo, reviento.

Podría volver a mi vida sin más. Podría apuntar el último día que nos vimos en la agenda, sonreír recordando lo que nos reímos cuando se me quedó aquel trozo de lechuga impertinente entre los dientes, y volver a lo mío sin mirar atrás como siempre hemos hecho. Un si te he visto no me acuerdo teñido de esa nostalgia placentera de las amistades manidas.

Podría, pero esta vez, al despedirnos, me quedé con un cuerpo raro, un desencuentro incómodo entre triste y cabreada.

Sí, estoy cabreada -contigo- y no sé muy bien porqué. Y también estoy triste, por ti, aunque nadie me haya dado vela en este entierro. Lo que no sé es por qué me sorprendo, por qué de repente me importa que estés solo. Por qué demonios ahora, después de tanto tiempo, me entristece y me ofende a la vez.

Siempre he sabido que hubo muchas cosas que nos dejamos sin decir, cosas que se daban por hecho porque no hacía falta decorar con palabras lo que hasta un ciego habría visto: lo que éramos, lo que fuimos y lo que habíamos sido.

Porque fuimos. Joder, claro que fuimos. Y tú más que nadie deberías saberlo. Parece mentira que tenga que venir yo, veinte años después, a liberarte de todo aquello que nunca dijiste y sin embargo siempre he sabido.

Pero lo que me indigna, lo que de verdad me cabrea, es que no sepas que yo también te quise. No te lo dije nunca, es verdad. No te lo dije porque éramos más de callar que de andar componiéndonos sonetos. Más de reírnos que de mirarnos arrobados. Éramos en definitiva, más de estar ahí que de cantarlo a los cuatro vientos.

Si no te lo dije es porque pensé que lo sabías. Y si lo dudabas, haberlo preguntado, coño.

Hay quien cree que el amor es absoluto, un estado imperturbable que borra todo lo pasado y no necesita más explicación que su propia existencia inquebrantable e imperecedera. Yo no soy una de esas personas.

Yo creo que el amor es un camino. Creo que a base de andar, de tropezar, de correr, de huir y de parar para recobrar el aliento, se aprende a querer. Creo que el amor es un camino que recorremos a veces solos y a veces acompañados. Creo que puede haber muchos compañeros de viaje como también creo que no hay un destino cierto sino que, como dijo el poeta, se hace camino al andar.

También creo que hay pasos que dejan más huella que otros, que hay huellas que se disuelven como el polvo y otras que siempre están ahí, para recordarnos de dónde venimos y a dónde vamos.

Y sí, también creo que a veces hay que deshacer el camino andado y, simplemente, volver a empezar.

Por estoy aquí escribiéndote estas líneas vergonzosas y vergonzantes, porque no me creo nada de lo que me cuentas. No eres el tipo solitario que me quieres vender ni el casanova de una noche de verano que me pintas.

Me importa un pimiento cuantas mancebas hagan cola en tu puerta para practicar las artes amatorias y con qué frecuencia la desenvainas por deporte.

Lo que me importa, lo que de verdad me preocupa, es que en todo este tiempo no hayas encontrado a nadie con quién reírte porque se le ha quedado un trozo de lechuga entre los dientes.

One for the Money

jobless-men-keep-goingHace un par de semanas estábamos cenando en casa de unos de amigos –contra todo pronóstico todavía queda gente lo suficientemente temeraria como para contarnos entre sus amistades- cuando el anfitrión, entre bocado y bocado de jabalí con compota de lombarda, me dijo en un tono la mar de casual “¿Te acuerdas de lo que me dijiste el otro día?”

Obviamente, con la incontinencia verbal que me gasto desde mi más tierna infancia, me quedé con cara de póker intentando adivinar cuál de todas las sandeces que acostumbro a decir se había quedado prendada en su memoria esta vez.

Viendo que me hallaba en un singular aprieto, continuó sin darme tiempo a deglutir siquiera “Lo he pensado mucho y al final he decidido hacerte caso y rechazar la oferta de trabajo de los suecos. Me ofrecían X mil más de lo que gano pero tenías razón, no merece la pena”

Les voy a ahorrar la cantidad exacta de miles de euros más que le ofrecían porque en los tiempos que corren es hasta obscena. Pero eran muchos, muchísimos, créanme.

Viendo que me iba a dar un síncope allí mismo, mi cerebro se lanzó a un rewind atolondrado en busca de las palabras culpables de aquel atropello. Y por fin me vi, copa de rioja del 94 en mano, diciendo como si cualquier cosa que la única cosa para la que gustaría tener más dinero es para comprar tiempo del padre tigre. Chupa del frasco. Carrasco.

Poco me faltó para abofetearle allí mismo por insensato. A quién se le ocurre escucharme a mí, de entre todas las personas de este mundo, para tomar una decisión de cierto calado sabiendo lo enajenada que estoy desde que mi máxima responsabilidad es encontrarle el punto de sal a la porrusalda.

Se pueden ustedes imaginar lo consternada que salí de aquella cena barajando muy seriamente tomar los votos de silencio por el bien de la humanidad y, sobre todo, de los pobres incautos que me rodean.

Haciendo memoria me di cuenta de que no era la primera vez que animaba, directa o indirectamente, a algún allegado a tomar decisiones nefastas en términos económicos.

Como aquella vez que le aconsejé a mi amiga la de Albacete que vendiera su vivienda unifamiliar por menos de lo que costó y se fuera de alquiler. Confieso que cuando vamos de visita (al piso de alquiler) todavía le doy a probar al periquito la comida por miedo a que su marido le haya echado cianuro para deshacerse de una vez por todas de mi incómoda a la par que ruinosa presencia en su vida. Por lo visto también me culpa por haberles engatusado para tener cuatro hijos.

Teniendo en cuenta que he dedicado mi vida profesional íntegra a las finanzas en sus múltiples vertientes, esta querencia hacía la inmolación financiera de propios y ajenos es cuanto menos preocupante.

Sin embargo, y aunque los muchos miles euros aquellos todavía me escuecen, es cierto que creo que una de las características de la madurez financiera es precisamente la de saber cuándo hay que perder dinero y por qué.

El dinero, aunque a veces sea difícil recordarlo, es una representación, en ocasiones tan sólo gráfica, de un recurso, nada más. No es un fin en sí mismo, es una unidad de intercambio que nació con el único fin resolver una incomodidad: la de tener que llevar la vaca a los grandes almacenes para cambiarla por unos Loboutin con el riesgo añadido de que en ese momento a la dependienta se le antojen más dos fardos de trigo que tu vaca.

Nos vanagloriamos del dinero ganado y las inversiones rentables mientras callamos nuestras miserias económicas de cada día, pero muchas veces es más inteligente perder dinero que ganarlo.

El dinero, como todo, tiene un precio y, por desgracia, solemos pagar de más.

El lujo de dar

IMAGENES-FORMULARIOS-CONVERSION-600X197-3He hablado poco del abuelo tigre en este blog. Por una sencilla razón, a este rincón cibernético le falta categoría humana para llegarle a la suela del zapato a mi padre. Me faltan horas en el día para poner por escrito todo lo que he aprendido de este señor que me despertaba todos los días con una buena noticia.

Los abuelos tigre hacen cincuenta años de casados este verano. Cincuenta, con todos sus días y sus largas noches, y creo que el único secreto que mi padre le ha ocultado a mi madre todos estos años es el montante anual que destinaba a obras de caridad. Cuando hace unos años, ayudándole con la declaración de la renta, me topé con la abultada cifra me dijo “Si se entera tu madre me mata”.

Mi padre es así, un caballero de la cabeza a los pies, consciente siempre de su suerte y de la responsabilidad de ser agradecido y devolver por lo menos un poco de lo que nos ha tocado en suerte. Desde bien pequeña me decía siempre que cuanto más se tiene más hay que dar y que la mejor caridad es la que se hace de puertas adentro, de forma anónima, sin esperar nada a cambio.

Recuerdo una campaña del Domund de esas en las que repartían huchas de cartón en el colegio. Mi padre, en su línea, me la llenó más de lo estrictamente necesario y yo puse alguna moneda de quinientas rescatada de mi hucha. Por la noche no me podía dormir pensando que tenía muchas más monedas, debatiéndome entre las ganas de comprarme el Autocross Turbo y el deber de meterlo en la hucha. Al final me pudo el ejemplo que había visto en casa y arramplé con todos mis ahorros, los metí en la hucha y me fui al colegio sin decirle nada a nadie.

Al día siguiente, tras el recuento, la profesora preguntó de quién era la hucha X que había batido el récord de recaudación del colegio. Era la mía. Casi levanto la mano, casi. Pero recordé la lección tácita de mi padre y, aunque la profesora preguntó y volvió a preguntar y yo me moría de ganas de apuntarme el tanto, no dije nada. Nunca. A nadie, ni siquiera a mi padre. Hasta hoy que de alguna manera estoy traicionando el verdadero espíritu de lo que hice entonces.

Como decía mi padre, “Hija, poder ayudar es el mayor de los lujos”.

Una de las organizaciones con las que hemos colaborado siempre son las Aldeas Infantiles SOS a las que les tengo un cariño especial porque mi madrina, la hermana de mi padre, fue una madre SOS en una de estas aldeas durante más de diez años. Tuvo hasta nueve niños a su cargo con los que compartí muchas vacaciones, celebraciones y tardes de escondites y rescates.

Recuerdo a Bea muy morena, a Daisy muy rubia y a sus dos hermanos que vivieron siempre allí porque su padre estaba en la cárcel, recuerdo a Sergio y Cristina, dos hermanos que al final fueron adoptados por una familia estupenda, a Almudena, el bebé de once meses cuya madre estaba en rehabilitación, a Juan que era un terremoto y en cuanto te despistabas había puesto la casa patas arriba, y a muchos otros niños para los que esta aldea fue un sitio donde poder ser por fin niños, sin más.

Pero mucho mejor que nada que os puedo contar yo, este vídeo rodado en la Aldea de El Escorial que yo conocí de primera mano. Es importante verlo, de verdad.

Les animo también a que se den una vuelta por la web de Aldeas Infantiles SOS y se unan a los miles de socios que disfrutan ya del lujo de poder darle un hogar a un niño. Que se dice pronto.